viernes, 12 de marzo de 2010

SINDICALISMO E INTELIGENCIA ARTIFICIAL

Decíamos que Raimon Obiols publicó en su bloc una interesante reflexión, TRADUCCIONES E INTELIGENCIA ARTIFICIAL, sobre la que estoy interesado en hacer unos comentarios por puro vicio argumental. Lo importante de la misiva de mis amigos es que “en eso de la traducción mecánica se está avanzando a pasos agigantados”. Lo dicen dos intelectuales con una larga práctica sindical a sus espaldas y no pocos años de oficio en las lides de la traducción. O sea, gente que conoce el paño.


Pues bien, la lectura del texto de Obiols me lleva a una serie de preocupaciones. 1) La traducción mecánica de los textos de Saint Exupery y los de Gabriel García Márquez (que no son precisamente planos) son más que aceptables; y 2) dicho lo cual, la cosa merece una sosegada reflexión, que sería más provechosa si mis achaques seniles no fueran tan preocupantes. Veamos …

Primera reflexión. Se ha avanzado en la relación entre las matemáticas (a través de una mayor sofisticación de sus algoritmos), la técnica y el lenguaje escrito. Lo que quiere decir que tendencialmente la traducción mecánica estaría en mejores condiciones de traducir al castellano a Dante y a trasladar a otras lenguas la sobria literatura de
Silver Kane, uno de los ídolos literarios de mi infancia.

Segunda reflexión. Ayer recomendaba a los sindicalistas el estudio del post de Obiols, cosa que reitero ahora con mayor énfasis. Justamente para la mayor y mejor comprensión del nuevo paradigma en el que estamos instalados: el nuevo orden en la organización de los factores productivos que tiene su expresión (y motor) en el sistema de nueva empresa. O, para decirlo de manera un tanto presuntuosa: en la consolidación de un nuevo y orgánico modelo técnico-productivo. O sea, cabe la posibilidad que el buen hacer “artesanal” de la factoría Rodríguez de Lecea-Carmen Martorell, al igual que otros oficios y menesteres, vaya siendo desplazada por el nuevo modelo orgánico-productivo de la relación entre matemáticas-técnica y lenguaje escritos. De hecho, conozco una gran cantidad de blogs que, para sus diversas traducciones simultáneas, funcionan de esa manera, digamos, postfordista.
Tercera reflexión. Pero ¿qué pito toca en esta historia el sindicalismo confederal? Lo toca y mucho. Por estas razones: saber en qué estadio técnico, científico y cultural estamos es de la mayor importancia, conocer cómo se manifiestan los trabajos y no trabajos en esta nueva coyuntura es de la mayor relevancia, y no es baladí estar al tanto de qué nuevos cuadernos reivindicativos se ponen en marcha en el cuadro de las convenientes conductas contractuales.
Cuarta reflexión. Las bases para la desaparición de un buen cacho de la noble profesión de los traductores parecen, así las cosas, cantadas. Y, al igual que los viejos (buenos) cuberos, cuyo ojo era legendario, podría ir disminuyendo de manera lánguida pero inexorable. Cierto, quedarían las buenas traducciones de La Divina Comedia (al castellano, las del maestro Angel Crespo y la catalana de Josep Maria de Sagarra) pero ya con unos lenguajes de otra época.
Quinta reflexión. He escrito en otras ocasiones lo que sigue. En mis buenos tiempos la huelga se desarrollaba bajo el siguiente presupuesto: si estamos de brazos caídos, las máquinas no funcionan. Hoy ya no es así: se puede estar de brazos caídos, ejerciendo el derecho de huelga, y los chirimbolos tecnológicos siguen funcionando. Lo hemos visto, por ejemplo, en televisión. Lo vemos en los cajeros automáticos. Y, bajo otras condiciones distintas, en Ikea cuando vamos a comprar (el que vaya, yo me hice un lío que no pienso repetirlo) es el personal quien pecha con el trabajo, estén los asalariados de esa firma en huelga o no. De donde infiero –achaques de senectud aparte— que el sindicalismo confederal debe proponerse una nueva práctica del ejercicio del conflicto social acorde con la nueva era que conocemos.